México es un país de peregrinaciones. Cada año, en diversas regiones del país, miles de hombres y mujeres, de diversas edades, condición física o social, se desplazan hasta algún santuario en busca de manifestaciones directas de lo sagrado. Famosas son las peregrinaciones que anualmente salen de todos los rincones del país para visitar a la Virgen de Guadalupe en la Basílica de la Ciudad de México, al Cristo de Chalma en el Estado de México, al Santo Niño de Atocha en Plateros, Zacatecas; al Señor de Tila en Chiapas, a la Virgen de Chuiná en Campeche, a la Virgen de la Concepción en Izamal, Yucatán, entre otras.
De hecho, los mitos de
origen de algunas etnias mesoamericanas están íntimamente ligados con
peregrinaciones. Largas caminatas con el fin de hallar el lugar ideal,
anunciado por los ancestros, para establecerse y fundar un santuario dónde
venerar a los dioses y antepasados que guían sus destinos, como se observa en
los Códices de Boturini y Ramírez, que describen el prolongado viaje que
realizaron los aztecas desde la mítica Aztlán hasta la cuenca de México, donde
fundaron la ciudad de Tenochtitlan. Asimismo, los libros sagrados del Chilam
Balam narran las peregrinaciones de los Itzaes antes de fundar Chichén Itzá, su
expulsión de esta ciudad debido a la traición de Hunac Cel, así como la
peregrinación que emprendieron hasta Petén Itzá tratando de huir de los
invasores de españoles.
En este espacio haré
una reflexión sobre las peregrinaciones que se realizan hoy día, como un viaje
de transfiguración espiritual. Asimismo, partiendo de la idea que muchos de los
santuarios a los que acuden las romerías actuales tienen un origen
prehispánico, quisiera también hacer algunos comentarios sobre la forma en la
que estos han permanecido en el tiempo como espacios sagrados, a pesar de las
transformaciones religiosas y la implantación de la fe católica a partir del
siglo XVI. En este apartado me referiré específicamente a Izamal, donde en
tiempos prehispánicos se veneraba a Zamná, un sacerdote deidificado, y que hoy
día alberga el santuario de la Virgen de la Concepción, coronada Reina de
América Latina y protectora de las etnias hispanoamericanas en 1993 por el Papa
Juan Pablo II.
A lo largo de la de la
historia de la humanidad, encontramos lugares considerados sagrados a los que
acude la gente por diversos motivos. Desde la antigüedad, los persas viajaban a
lugares de una determinada altura donde ofrecían sacrificios al sol, a la luna,
o a los elementos; en Egipto, la tumba de Osiris o la piedra sagrada de Karnac
fueron visita obligada de múltiples peregrinos, tal es el caso del templo de
Belo en Babilonia, el de Delfos en Acaya o el de Venus en Corinto. De igual
forma han sido santuarios milenarios la montaña Tchan-Pechan en China, el Pico
de Adam en Ceilan, lugar sagrado tanto para los seguidores de Brahama como para
los de Buda. Y qué decir del río Ganges en la India, o La Meca, capital espiritual
del mundo árabe, o bien, Jerusalén, ciudad-santuario donde confluyen peregrinos
islámicos, judíos y cristianos.
Desde finales del siglo
pasado se cree que las peregrinaciones son una necesidad natural del ser
humano, que busca el bien deseado o el remedio especial que necesita fuera del
ambiente religioso al que acude cotidianamente(1). Las
peregrinaciones pueden clasificarse en tres tipos: a) cuando por propia
voluntad y sin ninguna obligación se va a los lugares sagrados; b) cuando se
hace por votos o promesas a Dios o algún santo; y c) cuando se hacen por
penitencia, como acto de expiación de pecados (1).
Víctor y Edith Turner (2) definen a las peregrinaciones como una experiencia social de movimiento y transición –liminal- en que los individuos voluntariamente abandonan las estructuras y patrones de vida social normal y emprenden un viaje extraordinario por un pasaje sacro y culturalmente creado en los intersticios de las experiencias normales, como esferas en donde reina lo insólito. En este espacio, permeado por los mitos y las imágenes sagradas, se desarrollan complejos aparatos simbólicos que presentan al peregrino información privilegiada y que le permiten acercarse a las fuentes sobrenaturales de poder(3). Es decir, cuando un individuo decide ir en peregrinación a un santuario, generamente lo hace inmerso en un ámbito de fe, o sensibilizado al contácto directo con sus creencias. De tal forma que es común escuchar anécdotas y vivencias enigmáticas y esotéricas que algunos experimentan, tales como curaciones sin explicación médica, apariciones de la virgen o santos y otras manifestaciones de fe.
Por su parte, Bravo
Merentes (4) explica que en las romerías los individuos nunca recorren
los caminos solos. Durante el viaje, los peregrinos rompen, en cierta forma,
con las estructuras sociales en las que cotidianamente están inmersos, y
desarrollan un vínculo que enfatiza la unión e igualdad entre los
participantes. Se conforma lo que Turner (2) llama comunitas: comunidades
temporales donde todos tienen una característica y fin común: son peregrinos, y
quieren llegar al santuario.
Asimismo, la esperanza parece ser el denominador habitual de las peregrinaciones: de un modo u otro, estos viajeros, que tienen fines determinados, buscan establecer o reforzar su vínculo personal con los repositorios divinos de bienestar y ayuda. Aguantan las incomodidades del viaje a fin de establecer una relación especial y comprometedora con lo divino, lo cual les aporta beneficios y protección contra las fuerzas que están fuera de su control. Quienes parten en un viaje de peregrinación, lo hacen con fe y con la esperanza de que esa acción los ayudará a resolver las necesidades insatisfechas, que pueden incluir aspectos sociales, físicos, económicos, emocionales, de fe o la búsqueda de sí mismos (1, 3).
Las peregrinaciones son consideradas un elemento central de la religiosidad popular mexicana. También son un puente que une al peregrino con dos tipos de poder divino: los santos cristianos y los espíritus autóctonos, es decir, las peregrinaciones son un mecanismo sincrético en el que se procura conciliar doctrinas y creencias diferentes. De tal manera que la capacidad de absorción e indulgencia de la Iglesia Católica permitió la redefinición de lo local en términos de la visión universalizante de la iglesia, al mismo tiempo que los mensajes y símbolos se contextualizaron en el ámbito local a través de códigos indígenas.
Ejemplos claros del
sincretismo religioso son el culto a la Virgen de Guadalupe y a la Virgen de
Izamal, el primero representa tanto a la Virgen María como a la diosa azteca
Tonantzin, cuyo santuario estaba en el cerro del Tepeyac, donde en 1531, según
cuenta la leyenda, la Virgen de Guadalupe se le apareció al indio Juan Diego
para pedir que se construyera ahí mismo un templo en su honor (5). Este hecho motivó la conversión al catolicismo de un
número inusitado de indígenas.
Por otra parte, existe la leyenda de que la Virgen de Izamal vive, custodiada por dos grandes serpientes, en un recinto que se halla bajo la pirámide del Kinich Kak Moo (6), al que se accede a través de una cueva localizada en el lado noreste de la base de la estructura. Para los pueblos prehispánicos las cuevas se relacionan directamente con la idea del centro del universo, eran los lugares del nacimiento de los cuerpos celestes, de los dioses y de los humanos. Eran sitios de comunicación con las deidades y las puertas al inframundo, donde surgen y a donde regresan todos los seres vivos (7). Las serpientes, a su vez, fungen como medios para la comunicación entre los seres humanos, sus ancestros y los dioses. Ejemplos claros de visiones serpentinas son el dintel 25 de Yaxchilán y la tapa del sarcófago de Pakal (8).
El
santuario de Izamal
Los santuarios son
espacios sagrados donde se consigue la salvación, o el mejoramiento de la vida
misma. Son lugares en los que se manifiesta lo divino de manera directa. El
carácter sagrado de estos espacios se debe a diversos motivos: que en ellos se
conserven los restos de algún personaje ilustre, o ancestro (en el caso de los
grupos prehispánicos), o que ahí haya aparecido alguna imagen sacra. Sin
embargo, la popularidad de los santuarios se debe a los milagros o acciones
divinas que se manifiestan o los devotos creen percibir (1).
En el caso concreto de
Izamal, la fundación del santuario se remonta a tiempos prehispánicos. Las
fuentes etnohistóricas dicen que después de un largo peregrinar, probablemente
desde Chakamputún, los Itzáes, guiados por el sacerdote y sabio Zamná, se
asentaron en Izamal, tal vez alrededor del katún 4 Ahau, es decir 908-987 d.C.
Aunque posiblemente este hecho estuvo precedido por alguna acción militar,
comandada por Kakupacal y Tec Uilo, capitanes itzáes que, según los libros
sagrados del Chilam Balam, conquistaron Izamal. Una vez que Zamná encaminó a
los suyos dispuso su partida y desde lo alto del templo “se perdió a los ojos
de los hombres en medio del sol de donde había venido”. Las leyendas apuntan
que sus restos sagrados fueron divididos y enterrados en tres porciones: el
corazón en la pirámide Kinich Kak Moo, “la guacamaya con ojos de fuego” o de
rostro solar, adonde acudían los fieles cada año y veían bajar como una luz
ardiente el espíritu del sacerdote. En el edificio llamado Kabul, o “casa de la
mano milagrosa”, fue enterrada la mano obradora de Zamná. A este templo acudían
los enfermos para que su salud les fuera restituida. La cabeza del sacerdote
estaba en el Ppap Hol Chac, que significa “casa de la frente llena de
relámpagos”, en donde se veneraban y transmitían las enseñanzas de Zamná
(9).
Arqueológicamente no ha
sido posible constatar la leyenda de Zamná, no obstante, sí hemos comprobado
que a pesar de que Izamal fue parcialmente abandonado durante el Posclásico
Tardío (1200-1450 d.C.), el Kinich Kak Moo continuó siendo visitado e incluso
era motivo de reparaciones estructurales. Esto se sabe porque durante las
excavaciones para la liberación, consolidación y restauración de la pirámide en
1996, se encontró un doble muro que servía para distribuir mejor las cargas
estructurales de la cornisa de la pirámide, ya que las grandes losas pétreas
que le sirven de soporte se estaban fracturando. De tal forma que, si los
arquitectos mayas no hubieran construido ese segundo muro en talud, el Kinich
Kak Moo se hubiera desplomado. La fecha de la reparación la pudimos deducir
porque entre ambos muros se halló un incensario cerámico fechado alrededor de
1200 d.C., el cual fue depositado como ofrenda de construcción.
Después de la conquista,
en el siglo XVI, los españoles observaron la veneración que los indígenas
tenían al santuario de Izamal, por lo que decidieron establecerse ahí. Fundaron
diversos barrios y renombraron a las pirámides principales, como el Kinich Kak
Moo a la que los frailes llamaban “Monte Tabor” o “de la Transfiguración”.
Sobre esta estructura levantaron una capilla en honor de San Idelfonso. Cabe
recordar que en el Kinich Kak Moo se veneraba a Zamná en su advocación de
“Guacamaya de rostro solar”. En este sentido, San Idelfonso es calificado en la
tradición católica como “sol, luz y lumbrera de la Iglesia, doctor y resplandor
de la fe”. El Kabul, templo de la “mano obradora”, se convirtió en una capilla
en honor a María Santísima, considerada la mano de Dios. Mientras que en el
edificio Humpictok, donde moraban los jefes del ejército Itzá, se estableció el
culto a San Antonio, llamado capitán del pueblo de Dios (9).
En el mismo tenor y
para “acabar con las idolatrías (10) comenzaron a construir uno
de los monasterios franciscanos más importantes de la Nueva España, el convento
de San Antonio de Padua, levantado sobre los escombros del edificio Ppap Hol
Chac. Para este recinto, Fray Diego de Landa mandó tallar dos imágenes de María
Santísima a Guatemala, y a partir de su traslado en peregrinación desde aquella
ciudad, empezaron a surgir versiones sobre el poder divino de las imágenes.
Muchos son los relatos sobre los milagros que hizo María Santísima en su
advocación de la Virgen de la Concepción, los cuales son narrados con detalle
en el Devocionario de Nuestra Señora de Izamal escrito por Fray Bernardo de
Lizana, y contados de generación en generación, entre vecinos y a todo aquel
que desee escuchar.
Lo cierto es que, desde
el siglo XVI a la fecha, la Virgen de la Concepción de Izamal ha ganado tal
fama como milagrosa que incluso ha sido reconocida por las autoridades
eclesiásticas: el 8 de diciembre de 1618, a través del Obispo Fray Gonzalo de
Salazar, se juró y suscribió el voto de sostener y defender la Purísima
Concepción de María, declarando ese día como festividad de observancia. Durante
los siglos XVII y XVIII la nombraron, juraron y ratificaron como Reina y
Patrona de Yucatán. La devoción a esta advocación incluso ha modificado algunos
preceptos de la Iglesia Católica, ya que en 1849 el Obispo de Yucatán, José
María Guerra, pidió al Papa Pío IX que se declarara el dogma de la Inmaculada
Concepción, lo cual se realizó el 8 de diciembre de 1854 a través de la bula Ineffabilis
Deus.
En 1970 la Virgen de
Izamal fue nombrada Patrona Principal de la Arquidiócesis de Yucatán, y desde
entonces se dispuso que cada decanato realizara una peregrinación a aquella
ciudad por lo menos una vez al año, las cuales se realizan preferentemente los
días 15 de agosto y 8 de diciembre. Siendo la más recordada la del 11 de agosto
de 1993, pues esta peregrinación estuvo presidida por el Papa Juan Pablo II y
los representantes de más de 700 etnias de América (9).
Comentarios
Finales
Como hemos visto, las
peregrinaciones son una costumbre ampliamente arraigada a la religiosidad mexicana.
Algunos autores, como Rodríguez y Shadow (3), consideran que ir en
peregrinación encierra elementos de cuestionamiento y resistencia, que
constituyen una forma de conciencia social propia de los grupos subordinados y
que se maneja, en parte, como herramienta para defenderse de la explotación. Lo
cierto es que si se le pregunta a un peregrino porqué participa en las
romerías, la respuesta será, sin duda, que lo hace por fe, para agradecerle a
Dios o al Santo Cristo de Chalma o al Señor de Tila o la Virgen de Chuiná, los
dones que le han concedido.
Las peregrinaciones son
viajes guiados por la fe y la esperanza de que se presenciará o participará en
algún milagro. De igual forma presuponen una transformación espiritual, pues
los peregrinos buscan una relación directa con esas fuerzas de poder
sobrenatural para implorar su protección o, simplemente, para encontrarse a sí
mismos.
Por otra parte, las
romerías son un viaje, probablemente inconsciente, al pasado prehispánico, ya
que muchos de los santuarios que se visitan hoy día son los mismo donde se
veneraba a los dioses mesoamericanos, tal como ocurre en el Tepeyac, en la
cueva de Chalma, en Izamal. Pues los evangelizadores fueron muy hábiles para
elegir lugares con una significación ancestral mística-cósmica en los cuales
construir santuarios católicos (9). Ya que de esta forma era
más sencillo transformar el motivo de la devoción de los indígenas.
Por eso, en la actualidad, cada 15 de agosto y especialmente cada 8 de diciembre, los peregrinos que acuden al convento de Izamal para venerar a la Virgen de la Concepción, no olvidan ascender hasta la cima del Kinich Kak Moo, desde donde arrojan monedas ─tal vez a la Guacamaya de Rostro Solar─ para solicitar algún milagro.
1. Quiroz Malca, H. (2000). Fiestas, peregrinaciones y santuarios en México : los viajes para el pago de las mandas. Ed. CONACULTA, México.
2. Turner ,V. y E. Turner (1978). Image and Pilgrimage in Christian Culture. Columbia University Press, New York.
3. Shadow, R. y M. Rodríguez. (1994). Las Peregrinaciones religiosas: una aproximación. Ed. UAM, México.
4. Bravo Marentes, C. (1994). "Territorio y espacio sagrado". En Las peregrinaciones religiosas: una aproximación, R. Shadow, coord. Ed. UAM, México.
5. Schneider, L. y G. Tovar de Teresa. (1990). México Peregrino. Ed. Banca Cremi, México.
6. Briceño López, R. (1990). Leyendas Izamaleñas. Ed. CONACULTA, México.
7. Heyden, D. (1998). “Las cuevas de Teotihuacan”. En Arqueología Mexicana, Vol. VI No. 34, pp. 18-27.
8. Freidel, D. y C. Suhler (1998). “Visiones serpentinas y laberintos maya”. En Arqueología Mexicana, Vol. VI No. 34, pp. 28-37.
9. González Cicero, S. (2001). Nuestra Señora de Izamal, reina y patrona de Yucatán : retrospectiva histórica de la sacralidad de Izamal y el culto Mariano. Ed. Pro-historia Peninsular, A.C, Fomento Cultural Banamex, Mérida.
10. Landa, Diego (1986 [1864]). Relación de las cosas de Yucatán. Ed. Gob. Del Edo. Mérida.



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