domingo, 10 de septiembre de 2023

Las peregrinaciones como viaje de transformación y la transformación de los santuarios a través del tiempo

    México es un país de peregrinaciones. Cada año, en diversas regiones del país, miles de hombres y mujeres, de diversas edades, condición física o social, se desplazan hasta algún santuario en busca de manifestaciones directas de lo sagrado. Famosas son las peregrinaciones que anualmente salen de todos los rincones del país para visitar a la Virgen de Guadalupe en la Basílica de la Ciudad de México, al Cristo de Chalma en el Estado de México, al Santo Niño de Atocha en Plateros, Zacatecas; al Señor de Tila en Chiapas, a la Virgen de Chuiná en Campeche, a la Virgen de la Concepción en Izamal, Yucatán, entre otras.


De hecho, los mitos de origen de algunas etnias mesoamericanas están íntimamente ligados con peregrinaciones. Largas caminatas con el fin de hallar el lugar ideal, anunciado por los ancestros, para establecerse y fundar un santuario dónde venerar a los dioses y antepasados que guían sus destinos, como se observa en los Códices de Boturini y Ramírez, que describen el prolongado viaje que realizaron los aztecas desde la mítica Aztlán hasta la cuenca de México, donde fundaron la ciudad de Tenochtitlan. Asimismo, los libros sagrados del Chilam Balam narran las peregrinaciones de los Itzaes antes de fundar Chichén Itzá, su expulsión de esta ciudad debido a la traición de Hunac Cel, así como la peregrinación que emprendieron hasta Petén Itzá tratando de huir de los invasores de españoles.

En este espacio haré una reflexión sobre las peregrinaciones que se realizan hoy día, como un viaje de transfiguración espiritual. Asimismo, partiendo de la idea que muchos de los santuarios a los que acuden las romerías actuales tienen un origen prehispánico, quisiera también hacer algunos comentarios sobre la forma en la que estos han permanecido en el tiempo como espacios sagrados, a pesar de las transformaciones religiosas y la implantación de la fe católica a partir del siglo XVI. En este apartado me referiré específicamente a Izamal, donde en tiempos prehispánicos se veneraba a Zamná, un sacerdote deidificado, y que hoy día alberga el santuario de la Virgen de la Concepción, coronada Reina de América Latina y protectora de las etnias hispanoamericanas en 1993 por el Papa Juan Pablo II.

A lo largo de la de la historia de la humanidad, encontramos lugares considerados sagrados a los que acude la gente por diversos motivos. Desde la antigüedad, los persas viajaban a lugares de una determinada altura donde ofrecían sacrificios al sol, a la luna, o a los elementos; en Egipto, la tumba de Osiris o la piedra sagrada de Karnac fueron visita obligada de múltiples peregrinos, tal es el caso del templo de Belo en Babilonia, el de Delfos en Acaya o el de Venus en Corinto. De igual forma han sido santuarios milenarios la montaña Tchan-Pechan en China, el Pico de Adam en Ceilan, lugar sagrado tanto para los seguidores de Brahama como para los de Buda. Y qué decir del río Ganges en la India, o La Meca, capital espiritual del mundo árabe, o bien, Jerusalén, ciudad-santuario donde confluyen peregrinos islámicos, judíos y cristianos.

Desde finales del siglo pasado se cree que las peregrinaciones son una necesidad natural del ser humano, que busca el bien deseado o el remedio especial que necesita fuera del ambiente religioso al que acude cotidianamente(1). Las peregrinaciones pueden clasificarse en tres tipos: a) cuando por propia voluntad y sin ninguna obligación se va a los lugares sagrados; b) cuando se hace por votos o promesas a Dios o algún santo; y c) cuando se hacen por penitencia, como acto de expiación de pecados (1).

Víctor y Edith Turner (2) definen a las peregrinaciones como una experiencia social de movimiento y transición –liminal- en que los individuos voluntariamente abandonan las estructuras y patrones de vida social normal y emprenden un viaje extraordinario por un pasaje sacro y culturalmente creado en los intersticios de las experiencias normales, como esferas en donde reina lo insólito. En este espacio, permeado por los mitos y las imágenes sagradas, se desarrollan complejos aparatos simbólicos que presentan al peregrino información privilegiada y que le permiten acercarse a las fuentes sobrenaturales de poder(3). Es decir, cuando un individuo decide ir en peregrinación a un santuario, generamente lo hace inmerso en un ámbito de fe, o sensibilizado al contácto directo con sus creencias. De tal forma que es común escuchar anécdotas y vivencias enigmáticas y esotéricas que algunos experimentan, tales como curaciones sin explicación médica, apariciones de la virgen o santos y otras manifestaciones de fe. 

Por su parte, Bravo Merentes (4) explica que en las romerías los individuos nunca recorren los caminos solos. Durante el viaje, los peregrinos rompen, en cierta forma, con las estructuras sociales en las que cotidianamente están inmersos, y desarrollan un vínculo que enfatiza la unión e igualdad entre los participantes. Se conforma lo que Turner (2) llama comunitas: comunidades temporales donde todos tienen una característica y fin común: son peregrinos, y quieren llegar al santuario.

Asimismo, la esperanza parece ser el denominador habitual de las peregrinaciones: de un modo u otro, estos viajeros, que tienen fines determinados, buscan establecer o reforzar su vínculo personal con los repositorios divinos de bienestar y ayuda. Aguantan las incomodidades del viaje a fin de establecer una relación especial y comprometedora con lo divino, lo cual les aporta beneficios y protección contra las fuerzas que están fuera de su control. Quienes parten en un viaje de peregrinación, lo hacen con fe y con la esperanza de que esa acción los ayudará a resolver las necesidades insatisfechas, que pueden incluir aspectos sociales, físicos, económicos, emocionales, de fe o la búsqueda de sí mismos (1, 3).

Las peregrinaciones son consideradas un elemento central de la religiosidad popular mexicana. También son un puente que une al peregrino con dos tipos de poder divino: los santos cristianos y los espíritus autóctonos, es decir, las peregrinaciones son un mecanismo sincrético en el que se procura conciliar doctrinas y creencias diferentes. De tal manera que la capacidad de absorción e indulgencia de la Iglesia Católica permitió la redefinición de lo local en términos de la visión universalizante de la iglesia, al mismo tiempo que los mensajes y símbolos se contextualizaron en el ámbito local a través de códigos indígenas.

Ejemplos claros del sincretismo religioso son el culto a la Virgen de Guadalupe y a la Virgen de Izamal, el primero representa tanto a la Virgen María como a la diosa azteca Tonantzin, cuyo santuario estaba en el cerro del Tepeyac, donde en 1531, según cuenta la leyenda, la Virgen de Guadalupe se le apareció al indio Juan Diego para pedir que se construyera ahí mismo un templo en su honor (5). Este hecho motivó la conversión al catolicismo de un número inusitado de indígenas.

Por otra parte, existe la leyenda de que la Virgen de Izamal vive, custodiada por dos grandes serpientes, en un recinto que se halla bajo la pirámide del Kinich Kak Moo (6), al que se accede a través de una cueva localizada en el lado noreste de la base de la estructura. Para los pueblos prehispánicos las cuevas se relacionan directamente con la idea del centro del universo, eran los lugares del nacimiento de los cuerpos celestes, de los dioses y de los humanos. Eran sitios de comunicación con las deidades y las puertas al inframundo, donde surgen y a donde regresan todos los seres vivos (7). Las serpientes, a su vez, fungen como medios para la comunicación entre los seres humanos, sus ancestros y los dioses. Ejemplos claros de visiones serpentinas son el dintel 25 de Yaxchilán y la tapa del sarcófago de Pakal (8). 

El santuario de Izamal

Los santuarios son espacios sagrados donde se consigue la salvación, o el mejoramiento de la vida misma. Son lugares en los que se manifiesta lo divino de manera directa. El carácter sagrado de estos espacios se debe a diversos motivos: que en ellos se conserven los restos de algún personaje ilustre, o ancestro (en el caso de los grupos prehispánicos), o que ahí haya aparecido alguna imagen sacra. Sin embargo, la popularidad de los santuarios se debe a los milagros o acciones divinas que se manifiestan o los devotos creen percibir (1).

En el caso concreto de Izamal, la fundación del santuario se remonta a tiempos prehispánicos. Las fuentes etnohistóricas dicen que después de un largo peregrinar, probablemente desde Chakamputún, los Itzáes, guiados por el sacerdote y sabio Zamná, se asentaron en Izamal, tal vez alrededor del katún 4 Ahau, es decir 908-987 d.C. Aunque posiblemente este hecho estuvo precedido por alguna acción militar, comandada por Kakupacal y Tec Uilo, capitanes itzáes que, según los libros sagrados del Chilam Balam, conquistaron Izamal. Una vez que Zamná encaminó a los suyos dispuso su partida y desde lo alto del templo “se perdió a los ojos de los hombres en medio del sol de donde había venido”. Las leyendas apuntan que sus restos sagrados fueron divididos y enterrados en tres porciones: el corazón en la pirámide Kinich Kak Moo, “la guacamaya con ojos de fuego” o de rostro solar, adonde acudían los fieles cada año y veían bajar como una luz ardiente el espíritu del sacerdote. En el edificio llamado Kabul, o “casa de la mano milagrosa”, fue enterrada la mano obradora de Zamná. A este templo acudían los enfermos para que su salud les fuera restituida. La cabeza del sacerdote estaba en el Ppap Hol Chac, que significa “casa de la frente llena de relámpagos”, en donde se veneraban y transmitían las enseñanzas de Zamná (9).

Arqueológicamente no ha sido posible constatar la leyenda de Zamná, no obstante, sí hemos comprobado que a pesar de que Izamal fue parcialmente abandonado durante el Posclásico Tardío (1200-1450 d.C.), el Kinich Kak Moo continuó siendo visitado e incluso era motivo de reparaciones estructurales. Esto se sabe porque durante las excavaciones para la liberación, consolidación y restauración de la pirámide en 1996, se encontró un doble muro que servía para distribuir mejor las cargas estructurales de la cornisa de la pirámide, ya que las grandes losas pétreas que le sirven de soporte se estaban fracturando. De tal forma que, si los arquitectos mayas no hubieran construido ese segundo muro en talud, el Kinich Kak Moo se hubiera desplomado. La fecha de la reparación la pudimos deducir porque entre ambos muros se halló un incensario cerámico fechado alrededor de 1200 d.C., el cual fue depositado como ofrenda de construcción.

Después de la conquista, en el siglo XVI, los españoles observaron la veneración que los indígenas tenían al santuario de Izamal, por lo que decidieron establecerse ahí. Fundaron diversos barrios y renombraron a las pirámides principales, como el Kinich Kak Moo a la que los frailes llamaban “Monte Tabor” o “de la Transfiguración”. Sobre esta estructura levantaron una capilla en honor de San Idelfonso. Cabe recordar que en el Kinich Kak Moo se veneraba a Zamná en su advocación de “Guacamaya de rostro solar”. En este sentido, San Idelfonso es calificado en la tradición católica como “sol, luz y lumbrera de la Iglesia, doctor y resplandor de la fe”. El Kabul, templo de la “mano obradora”, se convirtió en una capilla en honor a María Santísima, considerada la mano de Dios. Mientras que en el edificio Humpictok, donde moraban los jefes del ejército Itzá, se estableció el culto a San Antonio, llamado capitán del pueblo de Dios (9).

En el mismo tenor y para “acabar con las idolatrías (10) comenzaron a construir uno de los monasterios franciscanos más importantes de la Nueva España, el convento de San Antonio de Padua, levantado sobre los escombros del edificio Ppap Hol Chac. Para este recinto, Fray Diego de Landa mandó tallar dos imágenes de María Santísima a Guatemala, y a partir de su traslado en peregrinación desde aquella ciudad, empezaron a surgir versiones sobre el poder divino de las imágenes. Muchos son los relatos sobre los milagros que hizo María Santísima en su advocación de la Virgen de la Concepción, los cuales son narrados con detalle en el Devocionario de Nuestra Señora de Izamal escrito por Fray Bernardo de Lizana, y contados de generación en generación, entre vecinos y a todo aquel que desee escuchar.

Lo cierto es que, desde el siglo XVI a la fecha, la Virgen de la Concepción de Izamal ha ganado tal fama como milagrosa que incluso ha sido reconocida por las autoridades eclesiásticas: el 8 de diciembre de 1618, a través del Obispo Fray Gonzalo de Salazar, se juró y suscribió el voto de sostener y defender la Purísima Concepción de María, declarando ese día como festividad de observancia. Durante los siglos XVII y XVIII la nombraron, juraron y ratificaron como Reina y Patrona de Yucatán. La devoción a esta advocación incluso ha modificado algunos preceptos de la Iglesia Católica, ya que en 1849 el Obispo de Yucatán, José María Guerra, pidió al Papa Pío IX que se declarara el dogma de la Inmaculada Concepción, lo cual se realizó el 8 de diciembre de 1854 a través de la bula Ineffabilis Deus.

En 1970 la Virgen de Izamal fue nombrada Patrona Principal de la Arquidiócesis de Yucatán, y desde entonces se dispuso que cada decanato realizara una peregrinación a aquella ciudad por lo menos una vez al año, las cuales se realizan preferentemente los días 15 de agosto y 8 de diciembre. Siendo la más recordada la del 11 de agosto de 1993, pues esta peregrinación estuvo presidida por el Papa Juan Pablo II y los representantes de más de 700 etnias de América (9).

Comentarios Finales

Como hemos visto, las peregrinaciones son una costumbre ampliamente arraigada a la religiosidad mexicana. Algunos autores, como Rodríguez y Shadow (3), consideran que ir en peregrinación encierra elementos de cuestionamiento y resistencia, que constituyen una forma de conciencia social propia de los grupos subordinados y que se maneja, en parte, como herramienta para defenderse de la explotación. Lo cierto es que si se le pregunta a un peregrino porqué participa en las romerías, la respuesta será, sin duda, que lo hace por fe, para agradecerle a Dios o al Santo Cristo de Chalma o al Señor de Tila o la Virgen de Chuiná, los dones que le han concedido.

Las peregrinaciones son viajes guiados por la fe y la esperanza de que se presenciará o participará en algún milagro. De igual forma presuponen una transformación espiritual, pues los peregrinos buscan una relación directa con esas fuerzas de poder sobrenatural para implorar su protección o, simplemente, para encontrarse a sí mismos.

Por otra parte, las romerías son un viaje, probablemente inconsciente, al pasado prehispánico, ya que muchos de los santuarios que se visitan hoy día son los mismo donde se veneraba a los dioses mesoamericanos, tal como ocurre en el Tepeyac, en la cueva de Chalma, en Izamal. Pues los evangelizadores fueron muy hábiles para elegir lugares con una significación ancestral mística-cósmica en los cuales construir santuarios católicos (9). Ya que de esta forma era más sencillo transformar el motivo de la devoción de los indígenas.

Por eso, en la actualidad, cada 15 de agosto y especialmente cada 8 de diciembre, los peregrinos que acuden al convento de Izamal para venerar a la Virgen de la Concepción, no olvidan ascender hasta la cima del Kinich Kak Moo, desde donde arrojan monedas ─tal vez a la Guacamaya de Rostro Solar─ para solicitar algún milagro.


Bibliografía

1. Quiroz Malca, H.  (2000). Fiestas, peregrinaciones y santuarios en México : los viajes para el pago de las mandas. Ed. CONACULTA, México.

2. Turner ,V. y E. Turner (1978).  Image and Pilgrimage in Christian Culture. Columbia University Press, New York.

3. Shadow, R. y M. Rodríguez. (1994). Las Peregrinaciones religiosas: una aproximación. Ed. UAM, México.

4. Bravo Marentes, C. (1994). "Territorio y espacio sagrado". En Las peregrinaciones religiosas: una aproximación, R.  Shadow, coord. Ed. UAM,  México.

5. Schneider, L. y G. Tovar de Teresa. (1990). México Peregrino. Ed. Banca Cremi, México.

6. Briceño López, R. (1990). Leyendas Izamaleñas. Ed. CONACULTA, México.

7. Heyden, D. (1998). “Las cuevas de Teotihuacan”. En Arqueología Mexicana, Vol. VI No. 34, pp. 18-27.

 8. Freidel, D. y C. Suhler (1998). “Visiones serpentinas y laberintos maya”. En Arqueología Mexicana, Vol. VI No. 34, pp. 28-37.

9. González Cicero, S. (2001). Nuestra Señora de Izamal, reina y patrona de Yucatán : retrospectiva histórica de la sacralidad de Izamal y el culto Mariano. Ed. Pro-historia Peninsular, A.C, Fomento Cultural Banamex, Mérida.

10. Landa, Diego (1986 [1864]). Relación de las cosas de Yucatán. Ed. Gob. Del Edo. Mérida.



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